Crónica de Tomás O’Reilly
Tame Impala vuelve a España subiéndose al escenario del Movistar Arena de Madrid
Tras 4 años sin pisar España, Tame Impala regresaba a la capital. Con el mismo nombre, pero bajo el capó se escondía una nueva versión de Kevin Parker. Una que no debería coger por sorpresa a quien viene escuchando sus tres últimos trabajos. La etiqueta de ‘electrónica’, al igual que la de ‘psicodelia’ queda ya desfasada cuando se pretende entender con una mirada actual la propuesta audiovisual del australiano.
El amor por los paisajes y texturas no ha cambiado un ápice pero sí la forma en que se proponen. Tame Impala comenzaba con concesiones. Apocalypse Dreams, era un arranque conservador, un penalti tirado fuerte y al centro para empezar a contentar a aquellos que pagaron su entrada para ver a una banda de rock psicodélico. Estos no se irían de manos vacías. Para ellos habría temas como Expectation, la imponente Elephant o el clásico Feels Like We Only Go Backwards. El contrapunto disco llegaba con cortes como Borderline, Breathe Deeper o Dracula.
En cuanto a lo técnico, la música es indudablemente el centro sobre el cual gira la tesis Impala. Las contundentes y firmes baterías, las guitarras y voces de ecos matemáticos y los sintetizadores que suenan a otro mundo pasan limpiamente de la mente de Parker a la grabación y de ahí al directo. También gracias, aunque solo sea parcialmente, a las manos de Cam Avery (bajo), Julien Barbagallo (batería) o Jay Watson (teclados), el núcleo duro de Pond. Quizá haya que mencionar una presencia diluida de los sintes en la mezcla que llegaba a las orejas de los madrileños. O mejor dicho, de la mayoría jóvenes extranjeros que poblaron el Movistar Arena.
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Lo más rompedor
Hablemos ahora de la parte más rompedora del concierto. Una suerte de interludio en el que los músicos-figurantes mantenían No Reply mientras la cámara seguía a Kevin a mear, retransmitido por las pantallas del escenario. Al regresar, nuestro querido protagonista apareció en un apéndice del escenario que estaba en la pista decorado con una alfombra y unas lámparas, a modo de home studio con sus osciladores, secuenciadores y demás cacharros por los que este artista pierde pie. La escena hubiera sido un genial anuncio de Ikea, que también sirvió para demostrar que Tame Impala es Kevin Parker y al revés. Y que no necesita a nadie más para construir su paisaje sonoro y visual, en el cual confluye repetición y combinación de texturas sonoras con las composiciones caleidoscópicas de pantallas y láseres. Es aquí que encontramos al nuevo Kevin, evocando a la filosofía artística de Jeff Mills, Richie Hawtin, Underworld o Daft Punk, de quienes es digno heredero. Para aquellos que acudieron alentados por Deadbeat, el álbum que ha supuesto una ruptura con la hoja de ruta marcada por sus predecesores, este era su momento. La nueva máscara de Tame Impala está impregnada de IDM y ambient. Géneros que podrían entrar en esas etiquetas manidas de ‘electrónica’ y ‘psicodelia’, sin que estas sean conceptos irreconciliables.
De vuelta ya en el escenario principal, el fraseo instrumental final de Let it Happen fue, probablemente, de los momentos más coreados por el público. Testificando claramente a favor de las melodías que son el epítome de este proyecto.
El Señor Parker o Mr. Impala, si se quiere, tuvo sus momentos de cercanía con el público. Se echó su cigarrito, nos dijo que nos quería más que al Vegemite (una crema de levadura con la que los australianos se comen las tostadas) y se bebió una cerveza a hidalgo. Pero cometió el error de novato de creer que en España bebemos Super Bock, lo cual fue respondido con un abucheo más potente incluso que los hurras tras las canciones más populares. Es lo que tiene viajar por todo el mundo y ser una estrella, que a veces uno confunde términos que quizá para él son irrelevantes. Una fama, por cierto, con la que no se lleva del todo bien, según reconoce en sus letras.

El final
Tame Impala tiró bastante del Currents para acabar de encarrilar el concierto: el viaje lisérgico de New Person, Same Old Mistakes cerraba el show antes de un bis que estaba cantado. My Old Ways continuaba con la misma narrativa de chico moderno atormentado al que se le da mejor expresarse en términos musicales que el face to face.
Tras el The Less I Know the Better de rigor, el viaje concluía con End of Summer, cierre de Deadbeat que reafirma a ese nuevo Parker que se ve a sí mismo bailando solo desde un cenital en la masa anónima del techno.
Esta nueva versión de Tame Impala podrá gustar o no, pero el cambio supone unos nuevos retos sonoros que son coherentes con la historia que se cuenta bajo todas las capas musicales que encierra la mente de este prodigio.

