La tarde caía sobre el Palacio de Cibeles cuando llegó uno de esos desfiles que siempre generan expectación en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, el de Isabel Sanchis. Sin estridencias previas, pero con la sala llena y ese murmullo que anticipa que algo interesante va a pasar.

Y pasó.

Desde los primeros looks quedó claro que la colección iba a moverse en un terreno muy suyo ese equilibrio entre lo escultórico y lo elegante pero con un giro inesperado. Volúmenes muy trabajados, siluetas que se despegan del cuerpo y capas que construyen la prenda casi como si fuera arquitectura. Hasta ahí, reconocible. Lo nuevo venía después.

La luz empezó a colarse en la pasarela de una forma sutil pero constante. No como efecto escénico, sino integrada en las propias piezas: flores que emitían un brillo tenue, tejidos que parecían encenderse al moverse. Un recurso delicado, nada obvio, que lejos de parecer futurista en exceso, sumaba poesía al conjunto.

Los materiales jugaban también a ese contraste: tejidos nobles como el cashmere o la alpaca conviviendo con acabados más técnicos. Y todo armado con esa precisión que caracteriza a la casa, donde cada volumen está medido y cada corte tiene intención.

La paleta se mantuvo contenida negros, granates, grises, lo que ayudó a que toda la atención se centrara en las formas y en esos destellos de luz que aparecían casi como sorpresa. No era una colección para impresionar  a primera vista, sino para ir descubriéndola look a look.

Desfile Isabel Sanchís en la edición de la MBFWM
Desfile Isabel Sanchís en la edición de la MBFWM
Desfile Isabel Sanchís en la edición de la MBFWM
Desfile Isabel Sanchís en la edición de la MBFWM
Desfile Isabel Sanchís en la edición de la MBFWM