Tame Impala convierte el Sant Jordi en una experiencia hipnótica en su primer gran concierto propio en Barcelona.

Tame Impala arrasa en el Palau Sant Jordi con el ‘Deadbeat Tour’ en su primer gran concierto propio en Barcelona, en una noche de sold out, despliegue visual imponente y un público completamente entregado

Barcelona tenía ganas de Tame Impala, y se notó desde el primer minuto. El Palau Sant Jordi colgó un sold out para recibir el Deadbeat Tour, confirmando que Tame Impala hace tiempo que dejó de ser un fenómeno de festival para convertirse en un fenómeno de masas capaz de llenar grandes pabellones.

De hecho, el propio Kevin Parker reconoció durante la noche, visiblemente emocionado, la enorme ilusión que le hacía la cita: era su primer gran concierto propio en Barcelona fuera del circuito de festivales.

@christianbertrand_

Kevin Parker, cerebro creativo detrás de Tame Impala, lleva años moviendo su proyecto en un terreno difícil de etiquetar. Psicodelia, pop y electrónica conviven en una propuesta que en directo gana otra dimensión, alejándose de la idea de banda al uso para convertirse en algo mucho más físico.

Acostumbrados a ver a Tame Impala en festivales, el paso por el Palau Sant Jordi permitía leer el proyecto de otra manera: una más cerrada, más inmersiva y más centrada en el detalle del espectáculo. Lo de anoche no fue solo un concierto. Fue un espectáculo diseñado para que el público entrara en él.

La gente no había ido a escuchar, sino a formar parte de algo, y eso se notó desde el primer momento. Ya desde los primeros temas quedaba claro que no era una noche de asistir y mirar, sino de dejarse llevar.

La pista respondió con euforia, pero también llamó la atención lo que pasaba en las gradas, donde vivieron el show de pie durante buena parte de la noche, completamente metidas en la misma energía que la pista. Todo el recinto se transformó en una pista de baile sostenida, con la sensación constante de estar dentro de algo más grande que las propias canciones.

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Parte del impacto tuvo que ver, inevitablemente, con la producción. Hubo algo hipnótico en la manera en que el show fue creciendo, sostenido por una producción visual que convirtió cada bloque del concierto en una experiencia casi irreal. El diseño de luces fue uno de los grandes protagonistas, hasta el punto de marcar el ritmo emocional del show.

Con una configuración cercana al 360 grados, el show eliminó cualquier sensación de distancia y reforzó esa idea de bloque único dentro del recinto.

Hubo pasajes donde el escenario se convertía en una estructura cambiante de color y destellos. Las proyecciones y el despliegue de láseres no se limitaban a acompañar a las canciones, sino que las construían, multiplicando la sensación de trance y convirtiendo el Sant Jordi en un espacio suspendido durante más de dos horas.

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El paso de Kevin Parker por Barcelona dejó claro que Tame Impala ya no pertenece solo al imaginario de los festivales. Lo suyo también funciona, y muy bien, en formato pabellón: sólido, preciso y con capacidad para sostener un recinto entero durante más de dos horas.

Su parada en el Sant Jordi no se quedó en un momento concreto, sino en algo más difícil de señalar: la sensación de haber estado dentro de algo hipnótico, preciso y completamente absorbente.