La banda burgalesa desata un vendaval de folk, rock y verdad en una noche de comunión absoluta
Hay conciertos que se escuchan y conciertos que se viven. Lo de anoche en Barcelona con La M.O.D.A. fue lo segundo: una descarga emocional en la que cada canción parecía escrita para ser gritaba a pleno pulmón.
La M.O.D.A. domina ese equilibrio complicado entre la crudeza y la épica. La fuerza está en la interpretación: en cómo se miran entre ellos, en cómo estiran cada estribillo hasta hacerlo explotar en la garganta de cientos de personas.
Hubo momentos especialmente intensos en los que la voz del cantante desaparecía bajo el coro del público. Lejos de ser un fallo, fue una declaración: esas canciones ya no les pertenecen solo a ellos. Son himnos colectivos, banda sonora de una generación que ha hecho suyas esas letras.
El final no fue una despedida suave, sino un estallido. Últimos acordes, luces encendidas y esa sensación de agotamiento feliz que solo dejan las noches que importan. Barcelona no fue solo una parada más en la gira: fue una celebración compartida.
Porque si algo quedó claro es que La M.O.D.A. no ofrece conciertos; construye refugios temporales donde cantar fuerte, sentir más fuerte y salir un poco distinto de como entraste.



